Y que se haga mi voluntad

En esta tarde de encuentro, tarde de compartir, tarde de hacer algo diferente, reciban todos ustedes un cordial saludo y mi agradecimiento por su presencia, voluntaria o involuntaria, en este recinto que siempre abre las puertas para la promoción de la cultura. Mi agradecimiento para el Centro Cultural One Way por su incansable labor promoviendo la cultura de y en muchos países del planeta. Es un honor para mí participar en este ciclo de conferencias llamado en latín FIAT VOLUNTAS MEA, que se haga mi voluntad, un tema tan complicado como implicado, a todas luces interesante, y que he decidido abordarlo desde la visión cómplice de la literatura.

En un principio, al escribir esta conferencia, tuve que reflexionar sobre mi propia vida, para así comprender la verdadera dimensión de la voluntad. De hecho, no lo logré. Pero algo sucedió en esta búsqueda. Una dimensión de incalculable valor, se abrió ante mí. Hoy reconozco que la voluntad y el poder, van de la mano, y la literatura lo confirma. Para iniciar pregunto ¿Quién movió los hilos para que esta tarde estuviéramos reunidos aquí? ¿Quién o qué domina nuestras decisiones? ¿Quién o qué gobierna nuestra voluntad? Preguntémonos: ¿qué es la voluntad?

Intrínseca al ser humano, la voluntad es la potestad, o el poder, que tenemos para dirigir nuestro accionar. Es una fuerza, que viene de la personalidad de cada quien, y que se utiliza para lograr un objetivo, para obtener un resultado ya esperado. Aquí entra en juego la esperanza, que es como la hermana de la voluntad, ya que en base a esta segunda, la primera acciona para lograr un fin.  El primer referente del ser humano ante el concepto de voluntad, es ese ser supremo, al que, sin importar su nombre, le hemos dicho “hágase tu voluntad”, frase que es considerada por los cristianos, la oración más perfecta. En esa frase espiritual, en esa oración, estamos reconociendo el ceder, estamos reconociendo el dar a otro, sea divino o humano, el poder de decidir sobre nosotros. ¿Por qué, si en esa oración cedemos todo, nos abandonamos, nos entregamos con los ojos cerrados, nos damos sin límites, confiamos a plenitud, por qué necesitamos entonces nuestra voluntad? Es en La Biblia, desde el punto de vista literario en este caso, en donde se encuentra la fuente de la voluntad, y también del poder, el poder que acompaña el ceder la voluntad a otro.

Y una de las referencias más comunes está en Lucas 22:42 Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya. La voluntad bíblica, la voluntad espiritual, la voluntad religiosa, está basada en el ceder. En algún momento yo podría decir, que está basada en el conformismo, en la falta de fuerza humana, pero mejor llamémosle esperanza, no vaya a ser que me excomulguen. Con voluntad propia o cedida, La Biblia, como obra literaria, será siempre una de las antologías más hermosas de todos los tiempos. No superada todavía ¿será que nadie ha tenido la voluntad de hacerlo? ¿No es acaso el libre albedrío otorgado al ser humano un sinónimo de voluntad propia, un regalo que no deberíamos entregar? La literatura universal encierra muchos secretos. Uno de ellos, y que a veces puede percibirse entre líneas, es la voluntad creadora del escritor, que en su silla de inventor de mundos ficticios, crea también voluntades. A cada personaje le fabrica una voluntad, le regala el poder de hacer y deshacer dentro de ese mundo irreal. En qué momento el personaje de una obra, se da cuenta de que tiene voluntad para sí, y que ni su propio creador podrá interferir ¿será acaso una voluntad ficticia? En qué momento el escritor deja que su personaje vague por el mundo, sin él, sin necesitarlo. No se necesita siquiera haber leído el Quijote de La Mancha para reconocer a Don Quijote en cualquier pintura o escena de tan famoso libro. Don Quijote vive por siempre, tiene su propia voluntad. Cervantes no imaginó con certeza que ese personaje, lánguido y loco, creado por él, por el poder de su pluma, tendría vida propia, y seguiría haciendo su voluntad incluso fuera del libro. Nunca Cervantes imaginó que Don Quijote, al tener voluntad propia, tendría el poder de transcender su libro, salir de sus páginas y hablar y escribir muchas frases y palabras nunca escritas para él por su creador. A Ramón Amaya Amador lo recordamos para su aniversario, o por su lucha a favor del pueblo, o por una lectura obligatoria en alguna clase, pero a Folofo y a Pachán los vemos todos los días en las calles de Honduras. Tienen vida propia, tienen voluntad. Los niños y jóvenes que vendían los diarios en las esquinas, los que empañan los vidrios de los autos con el afán de limpiarlos por unos cuantos lempiras, recrearán la imagen de Folofo por siempre. Quién mejor que Doña Bárbara para ser ejemplo vivo de un personaje con voluntad propia. Al crearla, Gallegos pensó en retratar la voluntad inquebrantable de una mujer, o de varias mujeres, fuertes, hermosas y de poder, en un personaje que brillara por sí mismo. No creo que haya imaginado, que al otorgarle voluntad propia, Doña Bárbara trascendería las fronteras y sería el ejemplo de emancipación para muchas mujeres de América Latina. Ernesto Sábato, fue espectador de la voluntad, de la decisión de su personaje Juan Pablo Castel, de salir de El Tunel, y convertirse incluso en un eslabón de estudio en la psiquiatría, y volverse un perfil psicológico que contribuye a la ciencia. Sábato supo que Castel trascendió las dimensiones que él le dio al escribirlo en su casa de Santos Lugares, provincia de Buenos Aires. ¿Quién tiene el poder o la voluntad de trascender a quién? ¿El autor a costa del personaje, o el personaje muerde la mano de quién le dio la vida? ¿Acaso los Cronopios no han trascendido la fama de Cortázar? Se podría asegurar que cobraron voluntad propia y ahora forman parte del perfil social de muchos de nosotros. Y el cronopio, no Cortázar, se da el lujo de definirnos cuando somos desaliñados, ingenuos, bohemios, sensibles o desordenados. Monsieur Dupin, personaje emblemático de Edgar Allan Poe, cobra vida propia al ser imitado por los investigadores policiales de esa época. Los personajes de Poe son tan especiales como temibles, todos ellos con una voluntad propia que trasciende. Aunque en este caso, como en otros, el autor, maestro absoluto de la técnica literaria, dueño del don de la palabra, no permite que sus personajes cumplan su voluntad al cien por ciento. Al final del cuento, es siempre Poe quien mueve los hilos. ¿No es Blanca Olmedo un ejemplo de voluntad propia? Es más conocida Olmedo como personaje vivo, que Lucila Gamero como creadora. Qué voluntad es la que prevalece en esta obra si todos los que la leímos, hemos dicho alguna vez Cómo lloré con Blanca Olmedo, nadie dice cómo lloré con Lucila Gamero. ¿Es la autora menos poderosa que su personaje? ¿Cuál es la fuerza que sale de la escritora y que el personaje toma para sí y lo convierte en voluntad, en vida, en recuerdo triste o feliz de quien lo lea? Suskin le otorgó a Jean Baptiste Grenouille el dolor de pasar desapercibido. Carente de olor, el personaje desarrolla una voluntad de hierro, persigue la esperanza de encontrar el tesoro más preciado para él, el olor deseado, el aroma perfecto, el perfume que lo hará humano, aceptado, querido, deseado, no importando si el resultado final es la muerte. Jean Baptiste trasciende a su padre literario, y se convierte también, como Castel de Sábato, en un hito de la psicología moderna. ¿Fue Virginia Woolf quién decidió ese increíble cambio de sexo de su famoso personaje Orlando? O fue Orlando quien por obra y gracia de la voluntad y el poder que le dio la creación literaria, fue tomando una forma femenina y transformándose así en un personaje que se convertiría en la hermosa bandera de los transgéneros europeos.

¿Cuál es la voluntad que prevalece en la literatura? ¿Quién tiene el poder de darla, de cederla, de entenderla, de penetrarla, de perpetuarla? ¿El autor o el personaje? ¿Está en el escritor el poder de otorgar voluntad propia a un personaje, y permitirle trascender la obra, y vagar por el mundo hablando muchas lenguas, llegando a la vida de las personas sin siquiera haber sido leído? ¿Será mi voluntad la que permite que un personaje creado, figurado, vestido, educado, se separe de mí y se deje llevar por su propia voluntad? O será que algo más grande que el escritor, más grande que su obra, más grande que sus personajes ha dicho: Qué se haga mi voluntad, que el escritor escriba lo que yo quiera, que sea un instrumento. Será que ese algo que mueve los hilos ha dicho Y que se haga mi voluntad, que los personajes cobren vida, que tengan voluntad propia, que transiten por el mundo como almas viajeras en tiempo y espacio. Puede ser que ese algo, venerado por el escritor, y al que llamamos Literatura, sea casa y mesa de voluntades, en donde escritores y personajes comen y beben juntos, en donde no se sabe quién creó a quién, en donde no se puede distinguir qué voluntad es la que prevalecerá cuando la obra cobre vida en un libro. Seremos nosotros escritores de nuestras vidas, o somos personajes creados por la voluntad de otro. Esa pregunta no debe ser contestada aquí, no vaya a ser que alguno de nosotros desaparezca de un soplo por la voluntad del autor que nos escribe.  Yo preferiría lanzar un hechizo sobre mi obra, limitar a mis personajes a hacer lo que yo diga y no lo que ellos quieran, tarea difícil. Pero creo poder arrinconarlos en la esquina de una página, quizá con algunos grilletes en los tobillos, y que de una vez y a conciencia, se haga mi voluntad.

 

Muchas gracias.



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