GIOVANNI RIVA, UNO QUE TOCA A LAS PUERTAS CERRADAS (por Maida Ochoa)

Creo que nunca terminaremos de conocer la infinita vertiente creadora y creativa de G. Riva, y hoy Poesías (2015) nos llega gracias a la sabia preocupación de sus discípulos y amigos por mantener y custodiar su memoria y su legado.

La poesía de G. Riva, en el decir de Paola Leoni, nos aparece “…entre los miles de documentos de su notable biblioteca”. Leyendo sus versos con detenimiento y pasión, hoy podemos afirmar que “él era, en esencia, un poeta” (p. 93). Todas sus acciones, su andar pausado y meditabundo, sus gestos, su forma de dirigirse a los demás, su forma de bromear e interpelar, su ímpetu educativo, hasta su tono para reprender e incluso cuando le tocó sacar a los mercaderes del templo, fueron siempre poesía.

Pero en el fondo Giovanni fue un hombre concreto, sus hechos solamente daban forma a sus palabras, pues dedicó toda su vida a la construcción de comunidades fraternas, que en amor de ágape se comprometieran siempre a buscar la esencia de lo humano. Insistía en el llamado a la conciencia, a abandonar la comodidad de nuestros mullidos sillones frente a la televisión, pellizcándonos para que no nos dejáramos adormecer por la mentalidad común. Desde jovencito entendió y aceptó la tarea, cuyo ideal de vida ejemplar, él mismo lo expresó: “Tengo otra tarea en la vida…” (P. Leoni, p. 93), “…luego/ me marché” (Una noche la escuché, p. 53).

En cada verso, sus palabras son “esta memoria que vuelve/ y nos prueba/ y nos angustia”; la ternura de sus propias expresiones nos pone delante de su presencia, que “Fugaz nos aprisiona/ en el instante de una palabra.” (p. 31)

En el poema Pero él construye, (p. 37), esta “nueva creación” resume su ideal de vida. No encontraría las palabras, pues todas parecerían triviales y convencionales, para describir la claridad que este hombre tenía en cuanto a la razón de su existir y la esencia de su vida. Sólo su clara sensibilidad podría explicar “…el sentido/ que debe/ atizar al mundo”, pues tal y como fue exactamente con su vida, también cruzada de valladares y ataques despiadados de sus detractores, afirmó que “se señala a quien insiste en ser/este hombre nuevo”.

Entre la variedad de temáticas que aborda, podemos ver los que tratan de la tarea-misión; manifiesta una crítica-reflexión dirigida a la institución religiosa, como puede leerse en Carta a mi obispo, en donde su denuncia valiente y clara se expresa en estos versos: “Yo sé que ciertas cosas/no se comprenden cuando/se es rico y feliz”, toca “Las mentes y el corazón/de los saciados…”, que se olvidaron a quién servían. (p. 41).

No podría dejar de pasar vistazo a los desposeídos y sufrientes del mundo; como en Cuando miro mis campos (p. 69), en donde describe al campesino “como una rama/ apoyada a la pendiente, con las manos extendidas;”, desgarradora es su afirmación de que si Cristo viniera, pues “…viene a la tierra a morir aún-… escogería la agonía de estos montes.” Moriría allí, junto a los hombres que se afanan y a las mujeres de miradas lejanas y profundas como el hambre.

En otros versos se refiere a recuerdos familiares y de juventud como en Aprendí sólo esto (p. 51) y Es mejor (p. 56); hasta la adultez existencialista, como se lee en el poema No será extraño.

Pero el tema que marca la esencia de su ser es el del compromiso hacia los demás: gli altri-los otros, recurrente en otros de sus numerosos escritos. La dificultad de los hombres, afirma el profesor Riva, es que No nos hemos entendido. La gran Babel, “trepa por las nubes y se une/ a la tierra y a las rocas” (p. 44). “…entablar amistad es un problema./ Cómo es difícil…”. Entonces ¿qué es lo que los hombres necesitan para ser felices? La amistad. Y como sigue diciendo el poeta: “La amistad es el sentido/ -significado profundo-/de la vida y del llanto y del estar solos. Encontrarse/ y caminar a casa, una sola/ es la casa.” (esta casa, la Compañía, la posada “en la cual” podamos “reconocer tu presencia” (Oración condicional, p. 86). Y reafirma: “Es profecía la amistad, / significado del origen común/ de nosotros los vivos.” (p. 45)

No querría nunca, con mis palabras, orillar a que se pensara que este libro apoya ideas doctrinarias o religiosas, lo que sería injusto y errado. Solamente insisto en que es imposible separar sus versos de su forma de vida, de la vida de un hombre comprometido con su tarea, que no pudo jamás vivir viéndose solamente la punta de sus zapatos. Al filo de la tarde, luego de los días largos, sus ojos siempre reposaron, como lo dice en De las que no sé escribir, “sobre el rostro que está a mi lado” (p. 81).

Que así sea, eternamente, porque “nosotros los hombres somos hermanos”. (Oración condicional, p. 86).



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