Las Uvas de la Ira de John Steinbeck

Leer, o mejor aún releer, “Las uvas de la ira” de Steinbeck es hoy importante por dos razones: la memoria y la desilusión. La familia Joad se ve obligada a abandonar Oklaoma, la tierra en la que había trabajado y construido, para buscar suerte en California. Los Joad salen empujados por la Gran Depresión estadounidense de los años treinta del siglo pasado, desesperados por otra mala cosecha y por los bancos, que absorben la tierra, el hogar y la vida. No existe en ellos la voluntad de abandonar sus raíces, sino una necesidad dictada por un sistema económico que engorda al banquero que aquí aparece como un engranaje que gira sin conciencia ni voluntad, haciendo girar el motor inmóvil del banco.  En las palabras de Steinbeck: “el banco es algo más que hombres. Fíjate que todos los hombres detestan lo que el banco hace, pero aun así el banco lo hace … es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar”.

La historia de esta migración es por lo tanto memoria incómoda de un pasado, no tan lejano, donde incluso en los países que hoy se llaman “desarrollados” o “industrializados” existía el hambre más cruel, en los Estados Unidos como en Europa. Por esto leer, o releer, “Las uvas de la ira” es importante porque recuerda a quien ahora quiere encerrarse detrás de los muros del aislamiento, que tiene una historia de migrantes.

Pero “Las uvas de la ira” es también la desilusión, no sólo del sueño americano, sino también de todo el sistema que regula también el aire que respiramos. Este sistema ciega las necesidades de los demás y se encierra en un valor burgués absolutamente sordo a la voz de los explotados, permitiendo a los explotadores mantener un estilo de vida “avanzado”.  “La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia”.

Pero hay un tercer aspecto que podemos vislumbrar en la novela: entre los personajes de los más pobres y más humildes, en el momento en el cual se encuentran más desesperados, acontece un compartir que va más allá de la sola necesidad material. Es un compartir de la propia historia, del propio vivir por algún tiempo en esta tierra, es un compartir de poder decir “yo”, un compartir la misma necesidad principal, de la cual el hambre, la casa, la familia son signos indicadores. Es en la conclusión que esto aparece con más potencia; una chica joven da a luz a un niño muerto, pero la leche de la que ella dispone es ofrecida con naturaleza materna a una humanidad que el mundo ya había condenado a muerte.



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