Moverse para compartir

El 7 de noviembre de 2012 un terremoto de 7.4 grados en la escala Richter sacudió a Guatemala. Las principales zonas afectadas fueron: San Marcos, Quetzaltenango, Quiché y Huehuetenango. En aquella emergencia los voluntarios de la Fundación Divina Providencia (en El Salvador) emprendieron un trabajo de ayuda hacia las personas de San Marcos, ya que allí tenían algunos amigos. Hemos entrevistado algunos de ellos para que nos contaran de ese trabajo.

Pregunta: ¿Cuál fue la primera acción de ayuda que idearon?
Claudia: La primera acción de ayuda fue abrir en la sede de nuestra fundación un centro de acopio, esto con el fin de recolectar materiales de primera necesidad como: ropa, medicinas y víveres de todo tipo para trasladarlos a San Marcos como donación. La distancia que nos separa de la ciudad de San Marcos es considerable, sin embargo, algunos voluntarios de la fundación viajaron el 17 de noviembre allá, para reunirnos con Merar y Francisco. La idea central era tener un primer contacto con las personas de esa zona y enterarse de primera mano de qué forma se podría ayudar. San Marcos, y la cercana San Pedro, conforman una única ciudad de 85 mil habitantes, ubicada a 2,389 metros sobre el nivel del mar y el clima en aquella época del año era muy helado (en la noche alcanzaba los 5 o 6 grados). Debido al terremoto, una tercera parte de la población había perdido su hogar y alrededor de 10 mil personas estaban albergadas o auto-albergadas. De las 119 escuelas que había en la ciudad, solo tres quedaron de pie. La universidad local cerró, al igual que la sede de la Alcaldía y de Gobernación. Las casas de adobe quedaron completamente destruidas, mientras aquellas de cemento sufrieron fuertes daños. La mayoría de estructuras grandes fueron declaradas inhabitables, por tanto, no había albergues como tales. Por lo anterior, decidimos iniciar un trabajo con los niños damnificados, y por tal razón se proyectó ir por grupos, desde El Salvador, para iniciar cursos educativos con la intención que los niños pudieran, en medio de la situación tan difícil que estaban pasando, regresar a la normalidad.

Pregunta: ¿Cómo organizaban el trabajo?
Samuel: El primer grupo de voluntarios partió el sábado 24 de noviembre de 2012 y se quedó en Guatemala durante una semana; llevamos varios materiales didácticos de El Salvador y otros los compramos en el mercado de San Marcos. Al final de la semana, otro grupo nos sustituyó. De esta manera instauramos un intercambio de voluntarios, con la intención que mientras existiera la necesidad, un grupo de los nuestros estuviera siempre disponible en ayudar. Nos hospedamos en el Centro Diocesano que los amigos de Guatemala habían puesto a nuestra disposición. Había varias camas, cocina, comedor, agua caliente. Cada día al llegar, en la noche cenábamos con los otros voluntarios, y acordábamos el trabajo concreto a realizar. Fijamos un horario. El lugar donde residíamos estaba ubicado cerca del centro de la ciudad y para el almuerzo íbamos a un comedor o en el mercado.

Lucía: Todas las mañanas íbamos al albergue “Miramar”, 170 familias, 70 niños en total, divididos en dos alones hechos de lona. Por la tarde trabajábamos en el albergue “14a Avenida”, con unas 200 familias y un centenar de niños. Los primeros días hacíamos juegos y dinámicas con los niños para presentarnos y ganarnos su confianza. Las mamás, al vernos jugar, se acercaron y se familiarizaron con nosotros. Algunos días, por la mañana los padres de familia tenían que salvar las pocas pertenencias de sus casas demolidas, para evitar el saqueo de ellas, y se llevaban a los niños para ayudarles en estas tareas. Pero por la tarde se incorporaban alrededor de 30 niños más. Preparamos un plan de trabajo de actividades y juegos, porque el trabajo en el albergue era largo y los niños por lo general eran muchos, por lo tanto era de gran ayuda contar con algo ya organizado, ver el material a utilizar.

Pregunta: ¿Cómo era la convivencia entre los voluntarios?
Benedetta: Organizamos en los detalles cada jornada incluyendo no solo el trabajo en el albergue y los horarios del desayuno, almuerzo y cena, sino también la convivencia entre nosotros, un momento durante el día en dónde nos reuníamos para recordarnos las razones de nuestra labor y un intercambio de experiencias todos los días. Ha sido algo muy muy bello, porque nos ayudó a movernos, programar de nuevo nuestro tiempo y compromisos, ver nuestra disponibilidad (¿qué estoy haciendo yo? ¿Qué es lo que vale la pena en mi vida? ¿Pienso únicamente en mí mismo o entiendo mi tiempo, mi dinero, mis capacidades en función de algo más grande?), y, por lo tanto, colaborar y comprometerse.

Pregunta: ¿Y cómo eran las relaciones con la gente de San Marcos?
Alvaro: Conocimos a varios voluntarios, en particular Evelyn, Mariana, Liza, Rocío y Cintia, quienes luego de la presentación del esfuerzo que estábamos realizando, se ofrecieron para trabajar con nosotros. Tuvimos la oportunidad de ir a una estación de radio de San Marcos para poder contar la labor de la fundación y la ayuda que estábamos prestando en los albergues de la ciudad. Además de haber sido un reconocimiento de la utilidad de la obra que estábamos haciendo, ha sido una ocasión para hacer una invitación a todos los que se querían unir a nosotros y ayudarnos. Hubo una reunión de los jóvenes de San Marcos y nosotros hicimos una presentación de nuestra labor, proyectando algunas imágenes y explicando sobre todo el motivo del trabajo. Varias personas se interesaron y se quedaron asombradas por el compromiso que habíamos asumido hacia esos niños.

Pregunta: ¿Qué fue lo que más te impactó de esta experiencia?
Maria Teresa: Recuerdo que un día, al final del trabajo, hicimos como siempre el intercambio de experiencias. Había siempre algunos voluntarios de San Marcos, jóvenes universitarios, y me impactó mucho porque uno de ellos dijo que “de una tragedia puede nacer algo bueno”. Después Rocío nos invitó a su casa a comer con otros amigos y fue realmente una cena muy bonita. Contamos a los recién llegados el trabajo que estábamos realizando en un clima de felicidad realmente contagioso. Fue sorprendente ver la unidad que se había generado entre nosotros en apenas una semana, y como esta amistad sigue hasta hoy.



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