Terremoto 2001

El pasado 13 de enero ha sido el aniversario del terremoto que El Salvador sufrió en el año 2001, el cual dejó miles de muertos, cientos de personas damnificadas y grandes destrucciones en el país. Uno de los lugares más devastados fue Las Colinas, en Santa Tecla, en donde un derrumbe en la cordillera del Bálsamo dejó soterradas a decenas de familias. Siendo esta zona una de las más afectadas, la Fundación Divina Providencia (FUNDIPRO), que desde 1998 trabajaba con los niños de la Comunidad Las Margaritas, en un proyecto llamado “Las Abejitas”, dándoles refuerzo escolar, organizando jornadas médicas y almuerzos mensuales, decidió dirigir su ayuda hacia ese sitio.

Gran parte de los damnificados se ubicaron en El Cafetalón. Eran más de 4,000 familias que vivían en condiciones de necesidad extrema. Frente a ello, los voluntarios de FUNDIPRO dieron su disponibilidad para colaborar con lo que se requiriera.

De inmediato, se dieron cuenta que lo que más urgía era darle atención a los centenares de niños que allí habitaban. Era una situación en la que unas familias vivían encima de otras, había conflictos y constantes peleas para lograr obtener, cada una, la mayor cantidad de donaciones: desde una superior ración de tortillas, en comparación con las demás familias, hasta pachas, colchas y ropa.

El primer paso para poder empezar el trabajo con los infantes fue hacer un censo. Se visitó a cada una de las familias para conocer cuántos menores tenían. De esta manera, en una mañana se instaló una carpa, la cual sirvió como un espacio para compartir con los niños. Los voluntarios iban todos los días a recogerlos y pasaban la mañana con ellos, ya que en la sencillez de los juegos se trataba de darles otro ambiente en el que olvidarán un momento las circunstancias en las que estaban viviendo. Sin embargo, un par de días después, desapareció la carpa y el trabajo se desarrolló al aire libre.

Luego de una semana, un grupo de médicos de Perú visitó la zona y una vez terminado su periodo de trabajo, donaron sus toldos a FUNDIPRO para que siguieran con su labor. Fue así como los jóvenes decidieron quedarse en el lugar de forma permanente, es decir vivir por un tiempo en El Cafetalón. Andrea Romani, Nicola Riva y William Claros eran tres de los voluntarios que decidieron instalarse en el lugar, con ayuda de otros muchachos que también daban sus turnos. Eran alrededor de 40 voluntarios que día a día trabajaban con FUNDIPRO. Los jóvenes venían de diferentes países: El Salvador, Italia, Japón y México. Algo que caracterizaba el inicio de cada jornada era el recordarse el motivo por el cual se hacía el trabajo: no para sentirse buenos, sino para aprender a donar el tiempo gratuitamente. Su lema era “Renacer juntos”, y la labor también tenía un orden: se llevaba un registro con ellos de las personas nuevas que se iban conociendo y que daban su disposición en colaborar con el proyecto. Cada jornada se le asignaba a cada uno lo que tenía que hacer, y algunas veces habían muchos jóvenes que se enviaba a un grupo para ayudar a los centros de acopio, donde tenían que organizar y distribuir las donaciones.

Con el pasar del tiempo, estas carpas se volvieron un hogar para los niños. Llegaban alrededor de 150 diariamente. De esta manera, comenzó a funcionar una pequeña escuela, donde se hicieron tres salones: uno para los pequeños (de 2 a 5 años); medianos (6 a 10 años) y grandes (11 a 15 años). Tres voluntarios asumían el papel de maestros y eran responsables de cada grupo. Incluso, había una carpa en donde se les leían cuentos a los niños, era un espacio para la lectura.

En vista de que las necesidades crecían, y el número de voluntarios también aumentaba, se empezó a realizar otras actividades: un grupo se encargaba de bañar a los niños, córtales el pelo, cambiarles la ropa; otro, se llevaba las ropas sucias a sus casas y la traía limpias el siguiente día. Sin embargo, en varias ocasiones sucedía que los padres mandaban a sus hijos sin ropa, porque sabían que en la escuelita les ponían una limpia y se iban quedando con ella.

Una vez asesinaron a un muchacho y, en vista que no había otro lugar para velarlo, los familiares colocaron el cuerpo en una de las mesas que estaban adentro de la escuela y lo tuvieron allí toda la noche. Los jóvenes al darse cuenta solicitaron que sacaran el cuerpo de allí, después lavaron y limpiaron todo el lugar porque habían quedado rastros de sangre.

En otra ocasión, había llovido toda la noche y en los toldos se colocaban unos plásticos para proteger las cosas, pero algunos los robaron para colocarlos en sus casas. Estas situaciones se tenían que ir enfrentando de un momento a otro, porque no podían predecirse. Las necesidades eran muchas y las ayudas no daban abasto. Incluso, las personas defecaban al aire libre, lo que generaba malos olores y moscas. En vista de ello, los voluntarios iban todos los días a colocar arena en estos lugares para evitar que se generaran infecciones u otro tipo de epidemias.

Con las semanas, FUNDIPRO empezó a recibir ayuda de la asociación italiana I Sant Inocenti, la cual fue de gran importancia para la Fundación. Así pasaron cinco meses, y en mayo, debido a que se empezó a desalojar de El Cafetalón a las familias para reubicarlas en otras zonas, los voluntarios de FUNDIPRO también decidieron terminar el trabajo, y retomar la labor en la guardería Las Abejitas.

La escuelita, llamada “Pequeño Rebaño”, era constituida por tres grados dirigidos por tres maestras, que cada día coordinaban la labor de los muchos voluntarios. Más allá de limitarnos al solo trabajo con los niños, nuestra labor se transformó rápidamente en un punto firme para todas las familias allí hospedadas. En efecto, el habernos quedado compartiendo esta situación muy difícil, las 24 horas del día, a lo largo de todo el periodo, nos permitieron ser compañeros de ellos, compartiendo dificultades y logros, dolores y alegrías, a lo largo del vivir diario, por esto escogimos como lema de todo nuestro trabajo “Renacer Juntos”.



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