Un lugar que sin saberlo se vuelve querido

El viernes 10 de octubre de 2008, en un pequeño restaurante de San Salvador, algunos amigos: Álvaro, Andrea, Brenzo, Lucia, Claudia, Benedetta, Rigoberto y otros, leíamos las conclusiones formuladas en el Tonalestate de aquel año, del que acabábamos de regresar. En esa ocasión se hizo la propuesta a todos los presentes, de iniciar un centro cultural en cada país, dejando en manos de aquellos que decidirían promoverlo, la responsabilidad de llevarlo a cabo. Cabe decir, que nosotros allí reunidos, ya habíamos decidido involucrarnos con la pobreza y marginación que viven muchos salvadoreños. En efecto, por iniciativa del Prof. Giovanni Riva, diez años antes había nacido entre nosotros un trabajo de solidaridad con los niños y las personas más necesitadas de nuestro país. Son muchos los proyectos de ayuda que hemos realizado a lo largo de estos años y en especial el Aula de refuerzo escolar y humano, Las Abejitas. En ella, a diario, muchos niños encuentran un lugar donde estudiar y ser acompañados en su desarrollo integral. Toda esta labor la realizan gratuitamente voluntarios y jóvenes estudiantes de las universidades, estábamos convencidos que de esta manera, además de ayudar a los más necesitados, también daríamos un juicio a la sociedad salvadoreña sobre lo que debería ser el principio de solidaridad humana que acompaña cada acción. Por ello, ese día tomamos la decisión de crear un centro cultural a través del cual poder juzgar toda la realidad que nos rodea, un juicio que fuera el resultado de un diálogo entre nosotros, de nuestras experiencias personales y de una búsqueda común sobre la verdad de la existencia. Nos dimos cuenta que era apremiante, volviéndonos adultos, el interesarnos por todos los acontecimientos y por toda la realidad; entonces, no hacerlo, sería como desinteresarse del mismo hombre. Aquella invitación fue, para nosotros, desde el principio, un llamado grave y persistente, que ha sido y sigue siendo un gran desafío. Sucedió entonces, que el profesor Riva nos sugirió el nombre de “One Way”, único camino. De él aprendimos que hacer cultura es el deseo de encontrar un significado a todo nuestro actuar, sin vivir una existencia desarticulada, donde cada estado de ánimo o aire intelectual nos agita como banderola. Sin embargo, para juzgar es necesario tener clara la propia identidad, saber qué es el fundamento de todo y preguntarse qué le da un sentido a todo el actuar. Por esta razón “One Way”, porque el único camino por el cual vale la pena vivir y actuar es el hombre, vivir y actuar en función de él. Fue así que, decidimos asumir la tarea de construir lugares de verdad, empeñándonos en un trabajo educativo y cultural que contribuya a formar hombres nuevos. Ese día nunca hubiéramos imaginado lo que iba a ocurrir a continuación: ciclos de conferencias, conciertos, exposiciones, publicaciones, encuentros con las personalidades del mundo de la cultura, de la educación, de la política, de las academias. Muchas personas nos han ofrecido su apoyo y siguen periódicamente nuestras actividades, así como nuestra publicación, una revista bimestral surgida de nuestra labor. Desde los inicios estábamos conscientes de que nos hacía falta madurar y crecer. Sin embargo, pensamos que este crecimiento no puede ser algo que preceda a la acción, y sobre todo no puede ser algo privado o circunscrito a pocos. Todo lo contrario, es posible crecer en un actuar de forma nueva dentro de la sociedad, iniciando en ella un diálogo sincero. Pero nuestro trabajo no se ha quedado reducido “al nosotros”, de modo que, en el 2010 unos amigos en Tegucigalpa, Honduras, han replicado esta labor; y en este momento, también algunos amigos guatemaltecos ya están iniciando una actividad como la nuestra. Hemos descubierto que un empeño de este tipo es contagioso y por donde quiera que vayamos encontramos compañeros dispuestos a emprender este viaje con nosotros.



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